El arte se ha convertido en un vehículo para comunicar, con la capacidad de despertar emociones reales, generar empatía, y reacciones físicas que en muchas ocasiones permiten conectar con otras realidades, realidades cercanas o lejanas, que han estado presentes en la vida de muchos o de algunos pocos. En este caso, esa realidad ha pervivido por más de medio siglo, afectado a varias generaciones que crecieron con él como telón de fondo.
El conflicto armado en Colombia ha sido esa realidad, que ha generado una herida colectiva y en cada uno y una de las colombianas que habitamos este país y otros más que están fuera. Más allá del horror de la violencia en medio de conflicto, ha surgido una dimensión profundamente política encarnada por líderes, lideresas sociales y personas defensoras de derechos humanos que han alzado sus voces para defender la vida y el territorio, y han luchado inalcanzablemente por reclamar sus derechos y los de sus comunidades frente a escenarios de desigualdad y conflicto.
En esta oportunidad, el arte, se presenta nuevamente como ese escenario para activar la memoria, y en ese vehículo para comunicar desde una mirada cinematográfica y académica las realidades y luchas de los líderes y lideresas sociales como puentes entre comunidades e instituciones. En esta nueva edición llamada “Ecos de voces silenciadas”, el Festival del Cine de Jardín, se convierte en esa herramienta para visibilizar las múltiples formas de resistencia de la historia reciente de Colombia y América Latina, y su vez, se convierte en plataforma para denunciar las violencias que afectan a quienes defienden el territorio, la vida, los derechos humanos y las memorias colectivas.
A través de la selección de películas nacionales e internacionales, muestras del alrededor 20 largometrajes, paneles, seminarios, y otras actividades cinematográficas, el festival articulará la memoria histórica, cine y territorio. Tres elementos que confluyen para comprender la necesidad de preservar la memoria, pues recordar también es resistir y luchar frente a narrativas que se intentaron borrar.
Cada de una de las piezas seleccionadas, invita a reflexionar sobre la resignificación de la violencia y la necesidad de seguir construyendo una memoria colectiva. Al ver cada uno los títulos de las películas seleccionadas como: Cuando las aguas se juntan, volver, soñé su nombre, la marcha del hambre, la creciente, Mûpã (Madre), una canción para mi tierra, romero, y nuestra tierra. Es claro que converge una experiencia colectiva latinoamericana, la cual cuenta con un lugar de enunciación común donde la violencia, la desigualdad y el terrorismo de Estado, se han transformado en lucha y resistencia contra esas formas de violencia.
Más allá de los archivos y relatos académicos que documentan y analizan estas dinámicas de resistencia, el séptimo arte se presenta como un vehículo más cercano para comunicar y encontrar sentido sobre lo ocurrido en el pasado y como esto continua vivo en el ahora, afectando cuerpos y territorios. Basta solamente con recordar las veces que vimos una película, un documental o un cortometraje, que nos removió los sentidos, nos permitió empatizar, conocer otras realidades, y acércanos desde otro lugar a historias que tal vez no conocíamos. Es precisamente esta la potencia del Festival de Cine de Jardín y en particular de esta edición, el acercarnos a través de otros formatos a las realidades y formas de resistencia durante la historia reciente de Colombia y América Latina, dinámicas de lucha protagonizadas principalmente por los procesos comunitarios y personas líderes y defensoras de derechos humanos que en muchas ocasiones lo lideran.
En medio de un contexto tal convulso, se hace aún más necesario recordar los efectos que ha tenido la violencia sobre el territorio, pero no reduciéndolos únicamente al horror de la violencia, corriendo el riesgo de dejar fuera una dimensión profundamente política. Tal como se lo escuché a Mariahilda Lagunas, una mujer que padeció los horrores de la dictadura chilena:
“Quienes vivieron los horrores de la dictadura no fueron solamente víctimas: fueron sujetos políticos, personas que tenían convicciones, proyectos, sueños y que se organizaron para transformar la sociedad. Hubo quienes resistieron, quienes protegieron a personas perseguidas, quienes construyeron redes de solidaridad y quienes, desde distintos lugares y de distintas maneras, lucharon contra la dictadura”.
Esta reflexión se extiende a todas y cada una de las víctimas de la violencia, entendiendo que no son solamente víctimas, son sujetos políticos con capacidad de agencia, personas que frente al contexto se organizaron para transformar su realidad y la de sus comunidades, personas con sueños, convicciones, creencias, que tejieron lazos para construir un mundo más justo y libre de violencias.
El Festival del Cine de Jardín, reconoce esto, pues las producciones audiovisuales que se proyectarán dan muestra de ello, enriqueciendo esta narrativa con espacios de diálogo a través de paneles, donde se conversará desde distintas voces sobre esta dimensión política, abordando temas como: el desarrollo del liderazgo social y los procesos sociales en Colombia, el reconocimiento en la diversidad de estos liderazgos, la importancia de la memoria histórica, y el rol del arte en la verdad y el compromiso social. Estos espacios no cuentan únicamente con académicos y académicas, sino también con artistas, plataformas de derechos humanos, ONGs, la Defensoría del Pueblo, y algunos líderes y lideresas sociales como Jani Silva, César Jerez y la Pastora Mira García.
Desde ODEVIDA (Observatorio para la Defensa de la Vida) y desde la Fundación Paz y Reconciliación (PARES) contamos con la fortuna de hacer parte de este espacio, donde León Valencia director de la fundación moderará el panel que se llevará a cabo el próximo viernes 25 de septiembre, titulado desarrollo del liderazgo y procesos sociales, de la misma forma el director de ODEVIDA, Francisco Daza, participará como ponente en el panel diversidad de liderazgos y relevo generacional, el cual se desarrollará el sábado 26 de septiembre.
Como observatorio cuyo propósito es generar conocimientos e intervenir socialmente para promover el derecho a la defensa de los derechos humanos en Colombia, Perú y Venezuela. Celebramos la existencia de estos espacios para la incidencia y construcción de la memoria a través del arte, reconociendo la potencialidad de este para conectar, trasmitir y empatizar con realidades que merecen y deben ser recordadas, y entendidas no como algo de pasado, sino como una realidad presente que se sigue tejiendo. Allí, el arte opera también como herramienta para devolver la humanidad a quienes fueron reducidos a cifras o expedientes, recordando así, no solo los impactos de violencia sobre el territorio, sino también por qué se luchaba, qué se defendía y qué sociedad se intentaba construir. Retomando nuevamente las sabias palabras de Mariahilda, bajo este contexto es necesario preguntarse:
“Que ocurre precisamente cuando no solo se interrumpe un proyecto colectivo, sino cuando comienza a desaparecer también la memoria de ese proyecto: por qué se luchó, quiénes resistieron, cuáles eran sus convicciones y qué horizontes de transformación existían.[…] La pregunta no es solamente qué perdimos, sino qué hacemos políticamente con aquello que perdimos.
Podemos convertir la memoria únicamente en conmemoración, o podemos preguntarnos qué quedó pendiente, qué aprendizajes permanecen, qué luchas continúan teniendo sentido y qué preguntas de aquellos proyectos interrumpidos todavía pueden ayudarnos a comprender el presente”.



