En Buenaventura siguen llorando al gran Temístocles Machado

Los grandes hombres a veces no pertenecen a este mundo. Por eso les cuesta tanto poder vivir de algo, conseguir un sustento. A Temístocles Machado le tocó cranearse un negocio, el de hacer un parqueadero y, con él, darles de comer a sus 11 hijos. Buenaventura era su ciudad. El Pacífico su paisaje. Si se hubiera ido en 2018, como le recomendó todo el mundo, de pronto todavía estuviera vivo. Pero algo le faltaría, se sentiría un hombre incompleto. Los grandes hombres no pueden pasear por la vida sin completar misiones. Había nacido en Bagadó, Chocó, en 1958. Tenía 60 años en el momento en el que lo asesinaron. Su papá, Juan Evangelista, llegó a Buenaventura en 1965 y se convirtió en uno de los primeros pobladores de lo que se conoce hoy como los barrios de oriente. De allí lo querían sacar muerto, pero Juan Evangelista y sus hijos resistieron. La vida para muchos en Colombia es eso, resistir.

Durante 17 años don Temis, como lo conocían en Buenaventura, trabajó en la empresa del acueducto, pero lo terminaron sacando. Con la indemnización compró un pedacito de tierra y se dedicó a cuidar carros y, también, a cuidar a los demás. Don Temis cuidaba a la gente y, por eso, cuando se supo de los primeros despojos de tierra que estaban haciendo las grandes empresas que llegaban a la ciudad, se puso a actuar, a denunciar,  a hablar. Lo conocían en todo Buenaventura porque, además de ser empleado del acueducto, Temístocles era agricultor, cultivaba sandía y también se dedicaba a la pesca. También le gustaba la música. Era un imán para las mujeres. Al menos así lo recuerdan sus hijas, sonrisa amplia, brazos abiertos, un corazón que latía.

Al sector donde él vivía empezaron a construir los grandes empresarios, le llegó el progreso a Isla de Paz. Esto significó el despojo para muchos de sus pobladores. La construcción del terminal de buses fue la copa que llenó el vaso. Siempre desde la paz, siempre con ideas como crear mingas para apoyar a los compañeros, Don Temis resistió. Con paciencia fue recopilando información hasta conformar folios de hasta 90.000 páginas que, en 2015, entregó al Centro de Memoria Histórica. No se conformó con eso, un año antes de que lo mataran lideró un paro cívico que llegó a paralizar la ciudad.

Llevaban como diez años amenazándolo. En 2006, le asignaron un esquema de seguridad. No sirvió para mucho. Según uno de sus amigos, el sacerdote John Reina, a él los estudios de seguridad se los hicieron para salir del paso. Sin embargo, nadie esperaba que las amenazas constantes se hicieran realidad y esto pasó en agosto de 2018, cuando lo mataron justo en el terreno que su papá había descubierto y en donde él había depositado todos sus ahorros, el parqueadero donde ayudaba a mantener a sus 11 hijos.

Han pasado ocho años desde esto, justo en agosto se cumple esa fecha y en Buenaventura se sienten más solos y siguen llorando a Don Temis. Desde esa época para acá, Buenaventura ya no es una ciudad tan alegre como era antes. Y eso que la violencia lleva décadas enquistada en este puerto, pero hay golpes que noquean, y el de Don Temis ha sido muy difícil de aceptar.