Yo soy Manuela Muelas, tengo 46 años y nací en la vereda Mariposas, en el territorio ancestral de Pitayó, en el municipio de Silvia. Cuando era niña, la vida no se contaba en calendarios ni en relojes, sino en señales sencillas y profundas: el canto del gallo que anunciaba el amanecer, el humo tibio que se elevaba del fogón al empezar el día y la palabra pausada de los mayores, que orientaba cada decisión. Crecí en una casa donde el tiempo tenía otro ritmo, marcado por la siembra, la cosecha y las mingas, y donde cada jornada traía consigo una enseñanza que no estaba escrita en libros, sino en la memoria viva de la comunidad.
Pitayó no es solo un lugar en el mapa. Es la montaña que nos cobija y nos protege del viento helado, el agua fría que baja clara por las quebradas y nos recuerda la pureza de lo esencial, el maíz creciendo con paciencia en la tulpa, el viento que atraviesa los pajonales y parece traer consigo la voz de los abuelos. Es el sonido de los pasos sobre la tierra húmeda, el color cambiante del cielo al atardecer y el silencio profundo que también habla. Cada rincón guarda historia, cada piedra tiene memoria y cada sendero ha sido caminado por generaciones que han cuidado este territorio con respeto.
Aquí aprendí que la tierra no se posee, se cuida. Que el territorio no es una finca ni una propiedad que se compra o se vende, sino un ser vivo que siente, que respira y que exige reciprocidad. Aprendí que sembrar no es solo un acto económico, sino espiritual; que tomar del agua implica también proteger la fuente; y que pertenecer a un lugar significa asumir la responsabilidad de defenderlo. Desde pequeña entendí que nuestra fuerza como pueblo nace de esa relación íntima y sagrada con la tierra, una relación que no se rompe porque está tejida con memoria, gratitud y compromiso.
Crecí viendo a las mujeres sostenerlo todo. Mi mamá y mi abuela trabajaban la huerta, tejían, criaban, iban a las mingas y todavía tenían fuerza para escuchar a quien llegara con un problema. Yo pensaba que mi lugar era ese: ayudar en silencio, acompañar, hacer lo que tocara sin llamar la atención. Nunca soñé con ser lideresa. En mi comunidad, durante mucho tiempo, los cargos grandes casi siempre eran para los hombres. Una como mujer servía para el trabajo duro, pero no tanto para la palabra en la asamblea.
Hubo un tiempo en que ese silencio empezó a pesarme. No fue de un día para otro. Fue como cuando la neblina baja despacio y uno apenas se da cuenta de que ya no ve claro. En las reuniones yo escuchaba decisiones que nos afectaban a todas, y me preguntaba por qué nuestra voz no sonaba igual de fuerte. Yo decía para mis adentros: si somos nosotras las que estamos en la huerta, las que cuidamos a los hijos, las que organizamos la minga, ¿por qué no podemos también orientar el camino?
Ser mujer Misak es un orgullo, pero también ha significado cargar límites que parecían naturales. Yo misma los había aceptado. Hasta que entendí que no eran ley de origen, sino costumbre aprendida. Entonces me dije: no quiero competir con los hombres, quiero que caminemos parejo. Quiero que cuando una mujer hable, no la miren como si estuviera pidiendo permiso.
Mis referentes no estaban en libros. Estaban en mi abuela, que resolvía conflictos con una serenidad que imponía respeto. Estaban en las mayoras que sabían llamar la atención sin gritar. De ellas aprendí que liderar no es mandar, es cuidar. Que la palabra tiene que ser limpia, porque la palabra es sagrada. Cuando una autoridad miente, no se daña solo ella, se resiente el equilibrio del territorio.
Pitayó ha sido un territorio hermoso y herido. Cuando yo empecé a asumir responsabilidades más visibles, el conflicto armado ya había dejado marcas profundas. Había miedo en los caminos. Se escuchaban rumores de grupos armados en las montañas. Algunas familias se desplazaron. Otras resistimos. Resistir no era un discurso, era sembrar aunque hubiera incertidumbre, era seguir haciendo rituales, era no abandonar la casa.
Durante doce años acompañé y lideré el proceso de reparación colectiva de nuestro territorio. Para mucha gente la reparación es un trámite, un papel firmado. Para nosotros fue sentarnos a recordar lo que pasó, nombrar a quienes ya no estaban, reconocer el daño. Fueron reuniones largas en el salón comunal, con tinto frío y niños jugando alrededor, mientras hablábamos de dolor y de esperanza. Yo iba casa por casa explicando qué significaba ese proceso, escuchando desconfianzas, recogiendo propuestas.
Cuando empezaron a llegar recursos para implementar medidas de reparación, también llegaron los problemas. Recuerdo una asamblea en la que un comunero se levantó y, delante de todos, insinuó que yo estaba manejando la plata para beneficio propio. Sentí que la cara me ardía. No por culpa, sino por impotencia. Yo sabía cada peso en qué se había invertido, porque siempre rendí cuentas. Pero la sospecha es como una espina: aunque no sea cierta, duele.
Esa fue una de las experiencias más duras. Que la desconfianza viniera de mi propia gente. Escuché comentarios por lo bajo, miradas distintas, silencios pesados cuando yo entraba a un lugar. Entendí que el liderazgo femenino no solo enfrenta amenazas de afuera, sino resistencias adentro, donde todavía cuesta aceptar que una mujer administre recursos y tome decisiones.
Al mismo tiempo, los grupos armados empezaron a fijarse en mí. Alguien les dijo que yo manejaba “harta plata”. Me llegaron mensajes insinuando que debía colaborar, que mejor era estar en buenos términos. Una vez, después de una reunión, un hombre desconocido me abordó en el camino y me dijo que tuviera cuidado, que sabía dónde vivían mis hijos. Esa noche casi no dormí. Miraba la puerta de la casa y pensaba si valía la pena seguir.
Pero cada vez que dudaba, volvía a mirar el territorio. Miraba las montañas verdes, las siembras, el cementerio donde están nuestros mayores. Y me decía: si nos vamos, ¿quién cuida esto? Para nosotros el territorio es espiritual. Aquí están enterrados nuestros ombligos. Aquí hacemos los rituales, aquí pedimos permiso a la madre tierra antes de sembrar. No defendemos la tierra por capricho ni por oponernos al desarrollo. La defendemos porque sin ella dejamos de ser pueblo.
No enfrenté sola esas amenazas. En momentos en que la presión y el miedo se hacían más fuertes, encontré apoyo en otras mujeres que también comprendían lo que significaba sostener la palabra en medio de la dificultad. Nos reuníamos para conversar con franqueza, para compartir lo que estaba ocurriendo y para pensar juntas cómo responder sin perder la calma ni la dignidad. Nos acompañábamos a las diligencias, a las reuniones y a los espacios donde era necesario estar, porque sabíamos que la presencia colectiva también es una forma de protección. Cuando alguna recibía un mensaje intimidante o sentía que la situación se volvía más tensa, las demás no la dejábamos sola; hacíamos presencia, escuchábamos y buscábamos la manera de sostenernos mutuamente. Con el tiempo entendí que la fuerza verdadera no está en una lideresa aislada que enfrenta todo por sí misma, sino en la red que se construye entre muchas. Esa red se forma con confianza, con palabra compartida y con la decisión de cuidarnos entre nosotras. Cada encuentro, cada conversación y cada gesto de acompañamiento van fortaleciendo ese tejido invisible que permite resistir incluso en los momentos más difíciles. Cuando una duda o se cansa, las otras recuerdan el camino y ayudan a seguir adelante.
En nuestro territorio tenemos una ruta de justicia propia. Cuando hay un problema, primero se habla en la vereda, con el comité conciliador. Si no se resuelve, pasa al cabildo, nuestra autoridad ancestral. Yo he visto cómo esa justicia propia ha ayudado en casos de violencia intrafamiliar, cómo se llama la atención, se orienta y se busca armonizar. Solo cuando es necesario acudimos a la justicia ordinaria. Para nosotros no es contradicción, es complementariedad.También he acompañado a familias que buscan a sus hijos reclutados o desaparecidos. Recuerdo el día en que un joven regresó a la vereda después de estar meses fuera. Su mamá lo abrazó tan fuerte que parecía que no lo iba a soltar nunca más. Ese abrazo me confirmó que vale la pena insistir. Pero también he estado en casas donde el silencio es más pesado, donde todavía esperan noticias. Liderar es sostener esa esperanza sin mentir.
Soy madre de cuatro hijos. No ha sido fácil. Muchas veces salí a reuniones dejando tareas pendientes en la casa. Hubo cumpleaños en los que llegué tarde, noches en que regresé cansada y todavía tenía que escuchar preocupaciones de mis hijos. Sentí culpa, claro que sí. Me preguntaba si estaba siendo egoísta. Con el tiempo ellos entendieron que mi trabajo no era un gusto personal, era una defensa de sus propios derechos. Hoy me dicen que se sienten orgullosos. Ese respaldo me da fuerza. El liderazgo me cambió. Aprendí a hablar en escenarios donde antes me daba miedo. Aprendí a sentarme con funcionarios y exigir con respeto. Aprendí también a reconocer mis límites, a pedir ayuda, a no creerme imprescindible. Porque nadie lo es. El proceso sigue con o sin una persona.
Yo quiero que las mujeres, cis y trans, puedan participar sin que su género sea motivo de duda. Quiero que una niña que hoy corre por las calles de Mariposas no sienta que tiene que bajar la mirada cuando sueñe con orientar a su comunidad. Quiero que no viva la estigmatización que yo viví, ni el miedo de mirar sobre el hombro al caminar. Cuando pienso en el futuro, no imagino grandes discursos. Imagino una minga al amanecer, la gente llegando con azadón al hombro, el fogón encendido, las risas mezcladas con el sonido de la tierra al abrirse para sembrar. Imagino a las mujeres hablando con seguridad en la asamblea, sin que nadie se sorprenda. Imagino a Pitayó en equilibrio.
Liderar cuando la vida está en riesgo no es algo romántico ni heroico, como a veces se cuenta desde lejos. Es una decisión cotidiana que se toma una y otra vez, incluso cuando el miedo se vuelve cercano y las consecuencias de hablar o de actuar son imprevisibles. Significa levantarse cada día con la conciencia de que defender la palabra, el territorio y la comunidad puede incomodar intereses y generar amenazas, y aun así no retroceder. En estos contextos, el liderazgo no es un reconocimiento ni un privilegio; es una responsabilidad profunda que exige firmeza, prudencia y una convicción que no depende de las circunstancias. Es aprender a caminar con cautela, pero también con dignidad, sabiendo que la voz que se levanta no es solo la de una persona, sino la de una comunidad que busca seguir existiendo con respeto y autonomía.
Yo decidí quedarme. Quedarme cuando marcharse parecía la opción más segura y cuando el silencio ofrecía una aparente tranquilidad. Me quedé porque el territorio no es solo el lugar donde nací, sino el espacio donde aprendí a comprender la vida, a reconocer la memoria de los mayores y a sentir la fuerza de la comunidad. Quedarme significa cuidar lo que otros cuidaron antes: la tierra que alimenta, el agua que corre por las montañas, la palabra que orienta y la memoria que sostiene nuestra identidad. También significa asumir que cada decisión que tomamos hoy influye en el camino de quienes vienen después, y que defender el territorio es, al mismo tiempo, defender la posibilidad de futuro para las nuevas generaciones.
Eso es lo que soy y lo que quiero dejar: una palabra firme que no se doble ante la presión, un territorio vivo que siga latiendo con la fuerza de su gente y la certeza de que las mujeres misak sabemos sostener la vida incluso en medio del miedo. Nuestra fuerza no nace de la ausencia de temor, sino de la decisión de no permitir que el miedo determine nuestro destino. Desde el cuidado, la organización y la memoria, las mujeres hemos aprendido a sostener la comunidad, a proteger lo que nos da vida y a mantener la esperanza cuando el camino se vuelve difícil. Por eso seguimos caminando, porque sabemos que defender la vida, la tierra y la dignidad es también sembrar un futuro más claro para quienes vendrán después.


