Mi vida después de la guerra, el liderazgo de una mujer firmante de paz en el Catatumbo

Mi historia comenzó en Tibú, en la vereda Caño Indio. Me llamo Lorena García, tengo 47 años y crecí dentro de una casa de madera alzada sobre pilotes, donde el calor de una tierra petrolera no da tregua y el aire siempre llegaba espeso, cargado de selva. Crecer allí era aprender, sin que nadie lo explicara, que la vida en el Catatumbo se mueve entre extremos: la abundancia de la tierra y la escasez de oportunidades, la belleza del paisaje y la sombra persistente de la violencia. Desde muy niña entendí que el territorio no era solo el lugar donde vivíamos; era una presencia que se metía en la piel y terminaba influyendo en la forma en que hablábamos, callábamos y tomábamos decisiones.

Mi infancia estuvo marcada por la mezcla de trabajo familiar, la escuela y las tareas domésticas. Aprendí temprano a asumir responsabilidades: ayudar en la casa, cuidar a mis dos hermanos pequeños, colaborar en lo que hiciera falta. No era una infancia excepcional dentro del Catatumbo; era la infancia común de muchas niñas campesinas. Sin embargo, había una tensión constante en el ambiente, algo que no siempre se decía pero que se sentía. Las conversaciones de los adultos bajaban de tono cuando nos acercábamos, y los nombres propios se pronunciaban con cautela. La violencia no siempre se veía, pero estaba presente en la forma en que se organizaba la vida cotidiana.

Tenía doce años cuando esa tensión se convirtió en realidad abierta. La arremetida paramilitar no fue solo un episodio armado; fue una fractura profunda en nuestra manera de vivir. Cambiaron las rutas por donde se podía transitar, cambiaron los horarios, cambiaron las confianzas. Las noches se volvieron más largas y los días más cortos. Aprendí a identificar el miedo en los gestos de mi madre, en la rigidez del cuerpo de mi padre, en la manera como se cerraban las puertas antes de que anocheciera. La infancia se me fue cerrando sin un anuncio formal. No hubo despedida; simplemente dejó de ser posible.

Esa violencia terminó por sacarnos del territorio, de aquella tierra donde recuerdo bañarme a orillas de Pozo Azul, ese mágico lugar donde el azul turqués nos permitía descansar. El desplazamiento no fue un momento único, fue un proceso lleno de sobresaltos, de decisiones tomadas con prisa y de silencios pesados dentro de la familia. Llegamos a Cúcuta con lo que se pudo cargar y con la sensación de haber dejado parte de la vida enterrada en Caño Indio. La ciudad era ruidosa, ajena, demasiado rápida para una niña que venía del monte. Allí entendí otra forma de incertidumbre: la de empezar de cero sin saber muy bien por dónde.

En medio de ese reacomodo, mi papá tomó la decisión de irse para Venezuela buscando trabajo. Recuerdo su salida como una ausencia que se instaló despacio, pero hondo en la casa. Su partida no solo cambió la economía familiar; también cambió mi manera de mirar el mundo. Yo ya venía con el miedo del desplazamiento encima, y esa nueva ruptura terminó de sembrar en mí una sensación de desprotección que me acompañó durante mucho tiempo.

Fue en esos años, todavía con el desarraigo fresco, cuando empecé a acercarme a espacios juveniles de formación política. La Juventud Comunista apareció primero como un lugar para escuchar y hacer preguntas, para entender por qué en nuestros territorios la vida parecía valer menos. Allí encontré palabras para nombrar muchas cosas que antes solo sentía como rabia o confusión. Ese proceso no fue inmediato ni lineal, pero sí fue abriendo en mí la idea de que la protección también podía buscarse en lo colectivo.

En ese contexto entendí algo que me marcó profundamente: en territorios atravesados por la guerra, la neutralidad casi no existe. Incluso el silencio puede interpretarse como una postura. Permanecer en la casa, salir a la tienda, hablar con alguien en el camino: todo podía ser leído bajo sospecha. Esa sensación de estar siempre expuesta me hizo buscar una forma de protección colectiva. No se trataba de una decisión ideológica elaborada; era, ante todo, una decisión de supervivencia.

Ingresé a la antigua guerrilla de las FARC-EP siendo todavía muy joven. No lo hice desde el romanticismo ni desde la épica. Lo hice porque, desde mi mirada adolescente, era el único espacio que ofrecía una estructura clara frente al caos que nos rodeaba. Con los años he pensado mucho en esa decisión. La he revisado con honestidad, reconociendo sus implicaciones y sus consecuencias. Fue una elección atravesada por el miedo, por la rabia acumulada y por la necesidad de pertenecer a algo que nos ofrecía protección y orden.

En la guerrilla encontré disciplina. Y esa disciplina, en ese momento, me dio una sensación de estabilidad que no tenía. Los días estaban organizados, las responsabilidades eran claras, las tareas se distribuían. Para alguien que venía del desplazamiento forzado, de tener que dejarlo todo, de vivir una fractura emocional y familiar, y de vivir con el miedo constantemente, esa estructura fue una forma de recuperar control sobre mi vida. Comprendí que el orden, incluso en medio de la guerra, puede sentirse como refugio cuando todo lo demás parece desmoronarse.

Con el tiempo asumí el rol de radista. Durante diecisiete años, la radio fue mi herramienta principal y mi mayor responsabilidad. Ser radista no era un trabajo secundario; era sostener el sistema de comunicación que mantenía articuladas a las unidades en el territorio. Cada mensaje debía transmitirse con precisión absoluta. Un error podía generar confusión, retrasos o riesgos innecesarios. Aprendí a escuchar con una concentración que rozaba lo obsesivo, a registrar datos con exactitud, a distinguir voces incluso cuando la señal llegaba distorsionada por la lluvia o la distancia.

El equipo de radiocomunicación me enseñó algo fundamental sobre el liderazgo: la importancia del control emocional. En situaciones de tensión, la voz puede transmitir miedo o seguridad. Yo debía mantener un tono firme, estable, incluso cuando por dentro sintiera incertidumbre. Esa capacidad de sostener la calma se convirtió en una herramienta esencial. Aprendí que liderar no siempre implica dar órdenes visibles; a veces implica sostener la serenidad para que otros puedan actuar con claridad. Sin embargo, mi proceso dentro de la organización no se limitó a la comunicación. Con los años me formé como odontóloga, y esa experiencia amplió mi comprensión del cuidado y de la responsabilidad. En la selva, la salud oral no era un lujo. Un dolor de muela podía incapacitar a alguien durante días; una infección podía volverse grave sin tratamiento oportuno. Asumir esa tarea significaba enfrentar otra dimensión de la guerra: la vulnerabilidad del cuerpo humano.

Trabajaba en condiciones improvisadas, bajo techos de plástico negro, utilizando los recursos disponibles para esterilizar instrumentos y garantizar la mayor seguridad posible. Cada procedimiento era un ejercicio de precisión y confianza. No había hospitales cercanos ni posibilidad de remisión inmediata. Lo que yo hiciera debía hacerse bien. Esa conciencia fortaleció mi disciplina y mi sentido ético. Entendí que el liderazgo también se construye desde el cuidado técnico y la responsabilidad silenciosa. La odontología me permitió acercarme especialmente a las mujeres. Muchas veces, mientras atendía una caries o realizaba una extracción, surgían conversaciones más profundas. Hablaban de sus miedos, de sus preocupaciones, de tensiones internas que no siempre tenían espacio en la dinámica militar. Me convertí en un punto de escucha. Esa experiencia me enseñó que el liderazgo femenino en contextos armados no se limita a la resistencia física o estratégica; también implica sostener emocionalmente a otras.

Ser mujer en la guerrilla implicaba una exigencia constante de demostrar capacidad. Aunque existiera un discurso de igualdad, sabíamos que cualquier error podía reforzar prejuicios. Esa presión me llevó a ser más rigurosa, más consciente de cada decisión. Con el tiempo entendí que esa doble exigencia fortaleció mi carácter y consolidó mi liderazgo. Aprendí a exigir respeto desde la coherencia y el ejemplo.

Cuando se firmó el Acuerdo de Paz en 2016, experimenté una mezcla profunda de alivio y desconcierto. La firma representaba el cierre de un ciclo que había definido mi vida adulta. Dejar el radio comunicador y guardar el instrumental odontológico fue un acto simbólico cargado de significado. Me enfrenté a la pregunta de ¿quién era yo sin el uniforme, sin la rutina del monte, sin la estructura que había organizado mis días durante casi dos décadas?

La reincorporación fue un tránsito exigente y lleno de contrastes. No se trataba únicamente de dejar las armas, sino de reconstruir una identidad en un entorno donde el estigma seguía marcando distancias. Cada trámite, cada conversación institucional, cada intento por insertarme en nuevas dinámicas laborales implicó desaprender y volver a empezar. Como mujer firmante, los desafíos eran aún mayores: la preocupación por la seguridad, las barreras para acceder a oportunidades económicas y la carga histórica de las responsabilidades de cuidado. En 2021, en medio de la incertidumbre que trajo la pandemia, decidí trasladarme a la tierra de la palma de aceite, el corregimiento de Campo Dos, en Tibú. Allí comencé a trabajar en el consultorio odontológico del pueblo, retomando el cuidado como una forma concreta de arraigarme nuevamente al territorio.

Volver no fue sencillo. Durante dos años que estuve en el corregimiento nadie sabía que yo era firmante de paz. Regresé a un lugar que conocía, pero desde una posición completamente distinta: ya no llevaba uniforme ni radio al hombro, sino una bata blanca y un maletín de instrumentos. Algunas miradas eran de curiosidad, otras de reserva, y en todas sentía el peso de mi historia. Sin embargo, cada paciente atendido fue también una oportunidad de reconstruir confianza. Entendí que sanar no era solo aliviar un dolor físico, sino demostrar, en lo cotidiano, que era posible habitar el territorio desde otro lugar, transformar el pasado en servicio y cambiar la lógica de la guerra por la ética del cuidad

La participación en espacios de incidencia comenzó a llegarme, me invitaban y eso me llenaba de motivación. Con otras compañeras comencé y con el propósito de fortalecer la participación de las mujeres creamos la cooperativa Norpaz y la organización Corpomujer. Allí, comprendí que la autonomía de la mujer es una condición esencial para la sostenibilidad de la paz. En 2023, nos imaginamos con otras compañeras consolidar estrategias de cuidado y creamos la Red Sorora, donde reafirmamos la importancia del cuidado colectivo. La Red nació como una estrategia para fortalecer nuestra seguridad y nuestra voz. Creamos canales de comunicación, espacios de formación y mecanismos de apoyo mutuo. La experiencia en la radio nos enseñó el valor de la información oportuna; la experiencia en la salud nos recordó que el cuidado es el centro de cualquier proceso sostenible.

Otra lección que me dejó la odontología, y que hoy aplico en lo comunitario, es que los procesos de cuidado requieren constancia y seguimiento. En la selva no bastaba con aliviar un dolor puntual; había que prevenir, revisar, acompañar. Lo mismo ocurre con las mujeres en reincorporación. No basta con capacitarnos una vez ni con entregar apoyos aislados. Se necesita presencia continua, escucha activa y rutas claras de acompañamiento. Por eso, desde la Red Sorora hemos insistido en que el cuidado debe entenderse como una estrategia política de largo aliento y no como una acción asistencial momentánea.

He visto de cerca cómo muchas compañeras siguen enfrentando barreras silenciosas. Algunas cargan con el peso del estigma en sus propias comunidades; otras luchan por equilibrar el liderazgo con las responsabilidades del hogar; muchas más siguen buscando una estabilidad económica que todavía se siente frágil. Estas realidades me han hecho más consciente de que la paz territorial necesita mirar con lupa las condiciones específicas de las mujeres firmantes. Cuando una mujer se sostiene, se sostiene también una familia y, muchas veces, un proceso comunitario completo.

También he aprendido a reconocer los cambios que sí se están gestando, aunque a veces parezcan pequeños. Hoy hay más mujeres hablando en público sin bajar la voz, más compañeras administrando sus propios emprendimientos y más espacios donde nuestra experiencia empieza a ser escuchada con mayor seriedad. No es un camino resuelto, pero sí es un camino en movimiento. Y para quienes venimos de territorios donde durante años hablar podía ser peligroso, cada avance en la participación femenina tiene un valor enorme.

A nivel personal, el tránsito a la vida civil también me ha exigido reconstruirme emocionalmente. Durante mucho tiempo viví en función de la urgencia, de la respuesta inmediata, de la disciplina del día a día en la guerra. La vida comunitaria, en cambio, exige otro ritmo: uno más paciente, más dialogado, más abierto a la incertidumbre. Aprender a habitar ese nuevo tiempo ha sido uno de mis desafíos más íntimos. He tenido que permitirme sentir de otra manera, escuchar de otra forma y entender que la firmeza también puede expresarse con suavidad.

En los espacios con mujeres jóvenes del territorio suelo insistir en algo que para mí se volvió fundamental: la paz no es solo la ausencia de fusiles, es la presencia real de oportunidades. Cuando conversamos sobre proyectos de vida, sobre educación, sobre autonomía económica, siento que ahí se está jugando una parte decisiva del futuro del Catatumbo. Si las nuevas generaciones de mujeres tienen más opciones que las que tuvimos nosotras, entonces sabremos que algo profundo sí está cambiando.

A veces, cuando regreso a Caño Indio o cuando el olor a tierra caliente me devuelve a la infancia, pienso en todo lo que ha atravesado este territorio y en la capacidad que tiene su gente para seguir de pie. El Catatumbo duele, claro que duele, pero también enseña. Enseña a leer los silencios, a valorar la solidaridad y a entender que la organización comunitaria no es un discurso bonito sino una necesidad vital. Mi historia, al final, es solo una entre muchas mujeres que están empujando transformaciones desde lugares distintos, pero con la misma convicción.

Por eso sigo aquí, nombrándome Lorena, aceptando que en ese nombre conviven todas mis etapas y todas mis apuestas. Sigo trabajando con la misma idea que me ha acompañado en los últimos años: que la paz se construye en lo cotidiano, en lo que se sostiene cuando nadie está mirando, en la red que se teje entre mujeres que decidimos no soltar la esperanza. Y aunque el camino en el Catatumbo siga teniendo curvas difíciles, estoy convencida de que cada proceso que logramos mantener en pie es una señal de que la historia, la nuestra, también se puede reescribir.

Hoy, cuando miro hacia atrás, veo una trayectoria marcada por decisiones difíciles y transformaciones profundas. No idealizo mi pasado, pero tampoco lo niego. Cada etapa aportó a mi manera de entender el liderazgo y la responsabilidad. La niña que vivió el miedo comprendió la urgencia de la protección. La radista aprendió a sostener la calma estratégica. La odontóloga desarrolló la ética del cuidado. La mujer en reincorporación entendió la importancia de la autonomía y la organización colectiva. Ser lideresa en el Catatumbo implica caminar en una tensión permanente entre la esperanza y la cautela.

La paz no se decreta; se construye día a día, enfrentando riesgos, superando estigmas y creando oportunidades donde antes solo había miedo. Mi historia no es lineal ni perfecta. Está hecha de contradicciones, aprendizajes y resiliencia. Si algo he aprendido es que la firmeza y el cuidado no son opuestos. Se complementan. La radio me enseñó estrategia y disciplina. La odontología me enseñó sensibilidad y precisión. La reincorporación me enseñó persistencia y creatividad. Hoy, desde esa suma de experiencias, sigo apostándole a una paz concreta, tejida puntada a puntada, sostenida por mujeres que decidimos transformar nuestras historias en fuerza colectiva.

Mi camino continúa. No desde la guerra, sino desde la convicción profunda de que incluso en los territorios más golpeados es posible reconstruir el tejido social. Y cada vez que escucho mi nombre, Lorena, recuerdo que dentro de él viven todas mis versiones: la niña, la combatiente, la profesional de la salud improvisada en la selva, la lideresa comunitaria. Todas dialogan entre sí y me recuerdan que la transformación es posible cuando la firmeza se encuentra con el cuidado y cuando la memoria se convierte en compromiso con la vida.

Con el tiempo también entendí que el liderazgo femenino en la reincorporación no solo se mide por los espacios que logramos abrir, sino por la capacidad de sostenerlos cuando llegan las dificultades. Muchas veces los proyectos nacen con entusiasmo, pero sostenerlos en el Catatumbo exige una mezcla de terquedad, paciencia y lectura fina del territorio. Hay días en que los recursos no alcanzan, en que las instituciones tardan en responder o en que el miedo vuelve a rondar los caminos. En esos momentos recuerdo mucho las jornadas en la selva, cuando como radista tenía que mantener la señal incluso en medio de la lluvia más dura. Esa memoria me sirve hoy para no soltar los procesos cuando el panorama se pone incierto.

“SER MUJER RURAL ES UN DESAFÍO”

Mi nombre es Mariana Rosero, tengo 43 años y nací en Sánchez, una vereda bien metida adentro de Policarpa, ahí a la orilla del Patía.